14 Rasgos distintivos del buen superhéroe


14 Rasgos distintivos del buen superhéroe
Por Pablo Cristóbal y Miguel Cristóbal Olmedo (El Tornillo de Klaus)


Los que crecimos con cuentos de Wolverine —cansados de un Lobo trasvestido de abuela y una Caperucita Roja demasiado ingenua— y nos emocionábamos viendo llorar a Cíclope cada vez que se moría su novia (que sigue estirando la pata y resucitando a día de hoy como parte de una chirigota comiquera), no podemos negar que las series de superhéroes o sus películas —también en clave serial— son nuestra nueva droga de diseño. Por eso les pedimos que nos dejen desbarrar.

 
Crecimos bajo un estigma que no tenía nombre y ahora lo tildan de friki, o friqui, según lo castellanos que nos pongamos. Íbamos a los kioscos en busca de nuestra dosis semanal de tíos voladores en traje de pijama. Y lo hacíamos al margen de los demás compis del colegio, que recurrían a Mortadelo y Filemón para mitigar su curiosidad lectora. Los superhéroes eran algo que obstaculizaban el desarrollo mental del adolescente, así nos decían papá y mamá, los superhéroes iban a terminar volviéndonos locos, subnormales y violentos. Y encima eran yanquis, no apoyaban la industria española tal y como hacían esas buenas historias franquistas con el Jabato cristiano salvando a su princesa virgen. Los cómics se escondían entre las páginas del libro de texto de Ciencias Naturales como si se tratasen de revistas pornográficas.


Compartíamos el culto con unos pocos porque no estaba de moda soñar con Marvel o DC. Eran otros tiempos. Las chicas se reían si te veían con un cómic debajo del brazo, (que no tebeo, el tebeo sí era cosa de gilipollas, fíjense en la palabrita, TBO, que si bien etimológicamente no viene de “te veo”, creo que a sus autores les hizo gracia el equívoco a pesar de la falta de ortografía, como si hubiese sido urdida para desprestigiar completamente la revista y sus lectores) y te preguntaban si eras un niñito apegado a su chupete, y eso era el acabóse de tu vida social en el patio de recreo.

De vez en cuando un colega que venía de hacerse un viaje por los Estados Unidos, te aclaraba que los cómics allí eran parte de su cultura y todos los chavales flipaban con ellos y el que no se apuntaba al club de Spiderman era el anacoreta de esos lares. Te traía un número muy avanzado en inglés, que uno descifraba por los dibujos, todo emocionado. Llevábamos una doble vida. En la calle éramos los mismos cretinos que hablaban de marcas de coches y defendían a sus jugadores de fútbol; en casa, en el santuario de nuestros dormitorios, imaginábamos que una araña radioactiva descendía por nuestro brazo, que inesperadamente nos descubríamos capaces de atravesar paredes, o que un hijo de puta nos mataba a la familia y eso servía de excusa para echarnos a la calle y partirnos la cara con criminales. Porque las reglas para convertirte en superhéroes estaban fijadas de antemano, catorce mandamientos que todos los respetables del santoral de Chris Claremont y allegados hacían cumplir a rajatabla.



Para empezar, las biografías de todos ellos, e incluso sus uniformes, son, en muchos casos, razonablemente parecidos y no sólo porque todos (¡y todas!) tengan una mandíbula cuadrada y el cuerpo de un modelo de ropa interior, sino porque aun cuando lo traten de disimular, comparten un profundo desprecio hacia el sistema y sus leyes. Hacia la democracia en sí, pasando por alto que nadie les ha votado, que no han ido a una academia ni han hecho prácticas de vigilante, que están ahí porque les sale de sus cojones, asistidos por la voz de un familiar defenestrado que les martillea la cabeza con la murga esa de lo del poder y la responsabilidad, eslogan tan de moda entre los militares a la hora de bombardear una población llena de civiles.    


Ni qué decir que nadie sabe de dónde sacan tiempo para combinar su faceta enmascarada con una vida laboral estable. A ellos no les desvela llegar a fin de mes ni si tendrán paga extra estas navidades. No es de extrañar que muchos de estos individuos obsesivos y sin complejos hayan mantenido la soltería a falta de dedicar tiempo a remendar su vida amorosa: ni van de compras con la pareja, ni dedican un rato para ver la tele o comentar cómo les ha ido el día.  


De vez en cuando se echan un polvo o un súperpolvo y salen volando por la ventana, como si fuese a presentarse el marido cornudo. Hay que decir que las películas de Sam Raimi han tenido muy en cuenta los problemas de Peter Parker para llegar a tiempo —sea a sus clases en la Universidad de ciencias, repartiendo pizza, asistiendo a la obra de teatro de su novia MJ o visitando a su tía May—. También ahora nos encontramos con un Flash (el hombre más rápido de la Tierra) que, irónicamente, llega tarde a todas las escenas de crimen. Y si quieren ver lo estresante que puede llegar a ser la vida de un superhéroe al más puro estilo Superman les recomiendo encarecidamente el primer número de Astro City (Kurt Busiek). 



Tal vez, el mayor superhéroe en la industria de las tapas y grapas sea ese Hugh Hefner de los cómics en que parece haberse convertido el entrañable Stan Lee (¿por qué este tipo también parece estar siempre en batín y acompañado de mujeres jóvenes?). Es el hombre de las mil apariciones y ha logrado lo que se proponen hacer todas las productoras de cine, un universo compartido como nunca se ha hecho antes, donde La viuda Negra (Scarlett Johanson) pueda tirarle los trastos a Lobezno (Hugh Jackman) —¿No les vimos ya haciendo ojitos en The Prestige y Scoop?— o en el que Michael Fassbinder (Magento), James MacAvoy (Xavier) y Tom Hardy (Bane) compartan cartel como ya hicieran en la antológica serie sobre la segunda guerra mundial, Hermanos de Sangre. Stan Lee, demiurgo por antonomasia del superhéroe Marvel está por encima de Thanos e incluso de Galactus, porque es Dios con gafas de sol y aspecto de haber pasado el fin de semana en “La Mansión” que nada tiene que ver con la de Charles Xavier y más con aquella a la que iban los amigos de “El séquito” a montárselo con alguna.


 La visión de los superhéroes, a pesar de haberse sofisticado, sigue siendo la misma de un niño de cuatro años: El que la hace, la paga, ejemplificado en esa nubecilla sobrevolando la cabeza del personaje con un “malo, malo, malo, eso no se hace” y un golpe en la mano. Y afirmo que siguen siendo droga, pese a nuestras confesiones de adulto frustrado, porque la primera dosis es maravillosa, incluso la vigésimo tercera pero las demás se convierten en un intento, malogrado casi siempre, de revivir una experiencia iniciática imposible, y no sólo eso, también, de tanto estirar la droga, pierde pureza, y uno ya no sabe qué coño se anda metiendo pero sabe que le está pudriendo el cerebro y también que no puede dejar de tomarlo porque después de eso no le queda otro lenitivo. Por eso uno agradece colocones como Daredevil que a más de uno le transportan a su infancia, una infancia conflictiva, se entiende, porque todas las infancias lo son.  


Como los superhéroes del papel, al igual que sus lectores, somos un poco megalómanos, queremos tener poder y control de todo el universo que los rodea y seguimos comprando toda la mierda que aparece en el mercado, con regodeo en las series de TV para estar a la última. Ahora que hay tanto dominguero de la moda friki ayuda ir al cine a ver Thor, el mundo Oscuro, tan sólo para ver qué sorpresa nos deparan las escenas de los créditos y qué relación tendrá con la próxima película de la franquicia de Marvel, con un guiño con el que nos dejan hacer saber que nos quieren, que saben quiénes somos sus auténticos militantes, pero suficientemente masticado para que todo quisque se entere de la movida. 

La estrategia de personajes compartidos no la inventaron los peces gordos de la Fox, Sony o la Warner sino los redactores creativos de la Marvel y DC que, en la guerra que mantienen desde sus inicios, se las han ingeniado de mil maneras para tenernos en modo de comprador compulsivo y babeante a través de las secret-wars, los spin off, los héroes invitados —Spiderman y Wolverine han aparecido hasta en portadas de Los Snorkels, si me apuran— los artistas invitados (todos nos comprábamos el especial Navidad porque una historia la dibujaba Arthur Adams), los universos alternativos, las historias alternativas (what if?) y los reconocidísimos cross over, ahora de todos los tamaños y sabores.  


Los superhéroes se definen por algo más que un cuerpo todo poderoso que ocupa una viñeta doble —que en cine vendría a ser como una secuencia de acción de veinte minutos—, los colores chillones, ahora dark, de sus trajes, los chistes ingeniosos, y todo ese marketing barato del nombre molón que muchas veces raya en lo ridículo con ayuda de ese postureo a doble página, por defecto de imprenta, más aún cuando te dibuja alguien tan narrativamente incompetente como Jim Lee. Aceptando que hay excepciones que no se rigen por el mismo patrón, hemos planteado aquí una serie de características muy comunes entre algunos de los luchadores de la justicia que han creado escuela. Cuando descubran lo sacrificada que es la vida de un superhéroe no se compadezcan de estos, piensen en el universo de belleza, glamour y pijerío en el que se mueven o —para el más nerd (término que es como añadir agravio al insulto de friki)— la high tech que incorporan acciones como lavarse los dientes. Por otro lado, a ellos les encanta el rollo autocompasivo, así que mejor no les sigan el juego. Recuerden que salvar al mundo es un oficio voluntario. Pueden quedarse en casa y zapear hasta que les castigue el sueño.


Los superhéroes son:

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